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sexta-feira, novembro 06, 2026

«La emperatriz, nuestra señora, está mejor»

Isabel de Portugal y Carlos V: el amor ante la muerte

En 2026 se conmemoran los quinientos años del matrimonio de Isabel de Portugal y Carlos V, celebrado en Sevilla en 1526. Una unión dinástica que se convirtió también en una extraordinaria historia de amor.

Emperatriz del Sacro Imperio, reina de España y madre del futuro Felipe II de España —Felipe I de Portugal—, Isabel fue también abuela del rey portugués don Sebastián. Su vida, marcada por el ejercicio del poder, las responsabilidades de gobierno y una profunda relación afectiva con el emperador, constituye una de las páginas más fascinantes de la historia ibérica del siglo XVI.

Publicada por primera vez en Portugal en 2012 (Bertrand Editora), y con varias ediciones posteriores, Imperatriz Isabel de Portugal es la primera biografía dedicada a esta figura histórica. Escrita por la historiadora y escritora portuguesa Manuela Gonzaga, la obra es fruto de una extensa investigación, sustentada en fuentes documentales y un amplio aparato bibliográfico.

Con motivo de este quinto centenario, comparto un fragmento de su epílogo, «El mucho amor que le tenía», dedicado a los últimos días de la emperatriz, fallecida en Toledo el 1 de mayo de 1539, y a la desgarradora despedida de Carlos V de la mujer a la que amó profundamente.

Una historia en la que, por un instante, la grandeza imperial cede su lugar a la fragilidad humana.


EPÍLOGO

«El mucho amor que le tenía»

«La emperatriz, nuestra señora, está mejor»

A finales de abril de 1539, el pueblo de Toledo seguía, con las más diversas muestras de consternación, las noticias que llegaban del palacio sobre la salud de Isabel de Portugal. Por las calles de la ciudad imperial corría la sangre de quienes se disciplinaban en solemnes procesiones, suplicando a Dios a grandes voces por la salud de la emperatriz. Durante días y noches sin tregua se mantuvo aquel clima de oración continua, con exposición de reliquias, misas y limosnas a conventos pobres de frailes y monjas para que rezasen por ella, lo que, a medida que la noticia se difundía, se repetía por todos los reinos de la Hispania. Isabel de Portugal se estaba muriendo.

¿Era una muerte anunciada? Tal vez, en las señales del cielo, pues el 18 de abril, cuando todavía nada hacía prever tal desenlace, un «terrible eclipse de sol», seguido de la aparición de un cometa que surgió a occidente, sobre tierras de Portugal, vino a anunciar el final inapelable; sobre todo el cometa que, según «se suele decir», «aparece en las muertes de grandes príncipes» —anota el cronista Sandoval—. Sin embargo, desde la entrada de la primavera de 1539, al menos a juicio de sus médicos, la emperatriz parecía haber recuperado la salud, aunque con las intermitencias febriles que desde hacía largo tiempo la venían debilitando. Como refiere el emperador en sus Memorias, las indisposiciones de la emperatriz continuaban «y hasta aumentaban cada día, principalmente después de sentirse encinta».

Pero en carta fechada el 18 de abril —día del cometa y del eclipse— dirigida al rey don Fernando de Hungría, Martín de Salinas escribía con inconfundible alivio: «La emperatriz, nuestra señora, está bastante mejor de lo que ha estado.» Pura ilusión. Dos días después, su estado empeoraba. Para «ayudarla a cobrar algún alivio» —cuenta Sandoval— aún la mudaron de alojamiento, trasladándola de las casas de don Diego Hurtado de Mendoza al palacio del conde de Fuensalida, «pero de nada sirvió». No obstante, el 24 de abril, Martín de Salinas, haciéndose eco de la opinión de los médicos de la corte, insistía en transmitir buenas noticias al rey de Hungría, escribiéndole de nuevo en estos términos: «La emperatriz, nuestra señora, está mejor, gracias a Dios, y dicen los médicos que mejora a cada hora.»

En realidad, los médicos reales se mostraban tan optimistas que, el 25 de abril, en la relación que enviaron al emperador sobre la indisposición de la reina, minimizaban todos sus síntomas. El lunes día 19 —escriben— la «emperatriz sintió frío a las siete de la tarde», a lo que no dio importancia, pues ni siquiera dejó de cenar; y tuvo calor durante la noche, pero tampoco se quejó, considerando que era «accidente de preñez». Por ello no se hizo relación alguna, tanto más cuanto que en los días siguientes nada especial se señalaba, salvo que Su Majestad «comía poco». Así llegó «sin novedad» hasta la noche del jueves 23 de abril, cuando le sobrevino «la indisposición del frío» después de la cena, y la fiebre desde las once de la noche hasta las tres de la madrugada. Pero a esa hora, ya con los médicos presentes, pudieron observar su mejoría, pues la fiebre la abandonó al amanecer. En los días siguientes, ante calenturas que «incendiaban la sangre» alternadas con un «frío remisivo» que podía durar hasta tres horas, la única duda de los médicos era si se trataba de fiebres tercianas o cuartanas.

Los doctores Villalobos y Alfaro, que «sospechaban» que la emperatriz había entrado en el «tercer mes» de su preñez —cuando «suelen sobrevenir a las preñadas calenturas y otros accidentes»— estaban «muy alegres por dos razones». Una, porque según los signos observados, en cuatro días la enfermedad habría desaparecido. La otra, porque «andando el tiempo lleno de humores tan dañados, enfermar Su Majestad de males tan leves y de tan mansos accidentes, significa igualdad y excelencia de su complexión». Y reforzaban la certeza de que la emperatriz estaba encinta, porque cada día ello se confirmaba por «otros signos».

Dos días después de estas buenas nuevas, el 25 de abril, la emperatriz pasó una noche de pesadilla, atormentada por violentas fiebres, en una inquietud y angustia constantes, incapaz de reposar, prolongándose e incluso agravándose este estado, sin tregua alguna, hasta el día 27 de abril, cuando todos creyeron llegada su última hora. Súbitamente, la fiebre la abandonó, anegada en sudor y muy aliviada tras «echar unas postas de sangre». Durante los dos días siguientes —cuenta Salinas a su rey— «estuvo alegre», aunque «tan débil como Vuestra Majestad puede imaginar». Así, el día 28 la fiebre remitió inesperadamente, la enferma experimentó alivio y recobró algún ánimo, permitiendo a los médicos reiterar su pronóstico favorable. Sin embargo, el doctor Villalobos, que en su condición de converso no quiso correr el riesgo de contrariar la opinión de sus colegas cristianos viejos, escribió ese mismo día una carta —que más parece una advertencia— al poderoso Cobos, donde afirmaba «no querer ser tan entrometido que le acusasen de muy listo», pues temía a «mil maliciosos» que podrían culpar inmediatamente a «mi abuelo». Y hablaba del peligro de peste en Toledo y de la necesidad de vigilar la salud de la emperatriz, del príncipe y de las infantas.

Y sin embargo, el 30 de abril —un día antes de la muerte de la emperatriz— los médicos volvían a anunciar al rey que la emperatriz estaba fuera de peligro. En su informe de inconcebible optimismo, los doctores Alfaro y Villalobos diagnosticaban los intensos accesos febriles, las «tres calenturas» que la emperatriz había padecido «la semana pasada», como «unas tercianas» ya «superadas». Tenían así la alegría de comunicar que Su Majestad había entrado en convalecencia y buena preñez, y que ellos, sus médicos, harían todo lo posible por conservar su salud «y lo que lleva en su vientre».

La verdad es que la fiebre nunca la abandonó, como relata, entre otros, Girón, quien en su «defectuosa información» afirma que la emperatriz, «desde que dio a luz», había estado «siempre muy mal hasta que murió», salvo la víspera de su muerte, último día de abril, en que «estuvo bien y con poca fiebre». En el relato de Santa Cruz se encuentran igualmente referencias a las «calenturas» que nunca la dejaron por completo y que la fueron consumiendo poco a poco, así como la alusión a un diagnóstico —sin indicar quién ni cuándo— que había previsto que, si paría un hijo, «había de morir».

Solo los médicos mantenían la esperanza.

Tiziano Vecellio, La emperatriz Isabel de Portugal, 1548. Óleo sobre lienzo, 117 × 98 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid. [Retrato póstumo de la emperatriz (1503-1539), realizado por Tiziano nueve años después de su muerte, por encargo de Carlos V.]

«¡Cómo cantan aquí tan bien!»

Isabel de Portugal sintió la muerte, se preparó para ella y permaneció lúcida hasta los últimos momentos, «con su sentido y su habla». El día 29 de abril, en la breve tregua de las fiebres, exangüe y extremadamente delgada, comprendió que había llegado su hora. Pidió confesarse con el cardenal Juan Tavera, recibiendo después el viático y la extremaunción con muestras de una gran serenidad. A continuación comulgó. Por último, permitió que las damas de su Casa, que aguardaban a la puerta y en el corredor contiguo a la cámara real, acudiesen a despedirse de ella, organizadas de modo que todas, de dos en dos, vinieron a besarle la mano, mientras las lamentaciones que proferían quebraban los corazones.

El día 30, ya sin esperanza alguna, a pesar del informe de los médicos que la declaraban en plena convalecencia, continuó preparándose para la muerte. El emperador permanecía siempre a su lado, atento a sus menores gestos. Muchos años antes, Isabel había convencido a su esposo de que, cuando el príncipe Felipe estuviese en edad de gobernar, ambos se retirarían a sendos monasterios para prepararse a bien morir. Pero Dios dispuso las cosas de otro modo. Felipe, a punto de cumplir doce años, comprendía la inminencia de la pérdida; María también; solo Juana, con cuatro años, no alcanzaba la dimensión de la tragedia. Tras despedirse de los hijos, el emperador quedó solo, descubriendo tan tarde «el mucho amor que le tenía, más de lo que se pensaba». [pp. 475,476]


Nota de la autora: Para facilitar la lectura en este formato, se han omitido las notas y referencias bibliográficas del texto original, que pueden consultarse en la edición impresa de la obra.